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JFK: SALVAJE USO DEL MONTAJE, EL SONIDO Y LA BANDA SONORA

Ayer le casqué un 10 en filmaffinity a la película JFK de Oliver Stone. Así, categórico. Pues la verdad, no suelo regalarme, todo lo contrario, soy muy quisquilloso a la hora de puntuar las pelis, siempre teorizando sobre el baremo con el que evaluar, intentando desechar el gusto personal e ir más allá de lo que a mí me gusta o de lo que rechazo porque no entiendo;  mi cometido es llegar a situar y valorar  la película  abiertamente, como producto de entretenimiento, pequeña joya o obra ambiciosa y fallida.

Con este golpe de estilete quiero defender dos cosas: 1, que los 90 son sin duda una época donde brilló por última vez una forma de hacer cine (la coincidencia de talentos junto con otra forma de hacer, el cine como oficio), y 2, que el montaje de esta película es un ejercicio maestro sin discusión, salvaje, con un uso del sonido y de la banda sonora (de J. Williams, por cierto), excelente, pero sobre todo, creando un discurso meramente visual paralelo al guión narrativo-verbal de la película.

Es cierto que tiene puntos flojos; enorme duración, escenas de drama familiar un tanto forzadas o mal desarrolladas (pienso que únicamente justifican la presencia del hijo de Garrison en el juicio y que además esto no es más que una forma de apelar a las generaciones venideras y pasarles el testigo de la lucha por la verdad, etc.). Pero, junto a un elenco cuanto menos solvente (Sí, el propio Costner, nominado a los Globos de Oro por su interpretación) que reunía a no pocas grandes figuras como Joe Pesci, Tommy Lee Jones (Nominado al Oscar por mejor secundario) y Sutherland como Sr. X, la película traza un discurso que juega tanto con el lenguaje documental como con la simbología barroca (los disfraces de esqueletos, la escena con Clay Shaw disfrazado del dios mercurio) o el onirismo... sin dejar de ser cine y reutilizando (resituando) planos y secuencias de montaje, transformando su significado (reconstrucción de los hechos rebatiendo la versión oficial, la utilización recursiva de los planos de la trayectoria de la bala mágica). 

Vuelvo a insistir en el uso que se le da a la banda sonora, filtrándola poco a poco (eso que Godard hacía como exageración hiperconsciente o ridiculizante del género, que evidenciaba los propios códigos) en escenas para recalcar la sensación de terror ante la sospecha gubernamental (las black ops, las cloacas del estado), para luego aparecer como tonadas que suenan a la arquitectura pretendidamente blanca de los edificios oficiales de Washington, con un toque de decadencia militar, como un toque de silencio.

Habría mucho más que hablar. También que criticar, de eso estoy seguro. Pero este difícil equilibrio entre obra mainstream y reconstrucción de unos hechos arrojada a la cara del estado, hace de la película un título a reivindicar, sobre todo en estos tiempos en que la verdad nos puede pasar por delante entremezclada con muchísimas otras siniestras verdades... a toda velocidad y constantemente...


Obtuvo el Oscar a la mejor fotografía a Robert Richardson y mejor montaje a Joe HuTshing y Pietro Scalia.





Oblivion: Ilustración futurista sometida a los estándares

Oblivion (Joseph Kosinski. 2013) es una película de ciencia ficción con un diseño impecable, una inmersión en la plasticidad de la ilustración futurista aderezada de cierto intimismo que, sin embargo, acaba por aterrizar en los lugares comunes de toda supreproducción a base de tópicos y momentos reciclados.  Al parecer, el que fuera director de TRON: Legacy (2010) convirtió un proyecto de novela gráfica en colaboración con Michael Adrnt y el ilustrador André Wallin en una serie de imágenes preparatorias para la película.

La historia del film se sitúa en un planeta tierra desolado a consecuencias de la guerra contra unos invasores –referidos como “scavengers”- y deshabitado tras la migración de los supervivientes a Titán, una de las lunas de Saturno. Unas gigantescas máquinas succionan el agua del mar para aprovechar u obtener energía (¿?) y dos supuestos últimos habitantes del planeta Jack (Tom Cruise) y Vika trabajan en la vigilancia y protección de dichas plataformas marinas. Mientras Jack vuela en una ligera aeronave en busca de drones (máquinas de guerra) averiados o abatidos por los invasores que aún deambulan por el planeta, su compañera queda en “la torre” (el puesto elevado donde conviven y tienen su base) supervisando las tareas  y en comunicación con  el mando de la misión; el Tet, una estación espacial en órbita. Pero los supuestos en los que basan sus vidas empezarán a caer, revelando un terrible secreto sobre el destino de la humanidad…

Tom Cruise hace gala de su solvencia y soltura ante las cámaras, con su especial y carismática hiperfotogenia, además de un personaje hecho a medida. La inglesa Andrea Riseborough construye sólidamente el personaje de Vika (Andrea Riseborough), la compañera impecable, recatada, que sigue al pie de la letra los protocolos de la misión para seguir siendo un “more effective team”. La actriz consigue dotar al personaje de un fondo artificial y arisco, como si ambos no encajaran del todo, para acabar demostrando la fragilidad y vulnerabilidad del mismo. A Morgan Freeman le toca en reparto un personaje bastante estereotipado y agradecido(el de Beech, líder de un inesperado grupo de supervivientes)  que solo su carácter y su pose estilosa pueden mantener en pie casi hasta el final de la cinta. Olga Yurilenko (Julia), por su parte, aporta una presencia más cálida contrapuesta a la compañera de Cruise; aunque resulta más plano, protagoniza junto a este una de las escenas más sólidas e intimistas, tras la cual la película cae en picado.

El lastre de las secuencias creadas explícitamente para su exhibición en 3D, las incoherencias en el relato y trampas en el guión (el cine es un engaño consentido, un artifico que aquí está mal entendido) hacen que la historia pierda interés y coherencia. El final se resuelve con la utilizadísima fórmula de “colarse en casa del monstruo” (¿os acordáis de Will Smith y Jeff Goldblum en la nave nodriza de Independence Day?).
Lo mejor: los sugerentes paisajes, los vestigios de civilización enterrados (explotando la iconografía final de El Planeta de los Simios de 1968),  todo el trabajo de conceptualización construye una apariencia de ciencia-ficción “blanca”, aséptica y realista, enfrentada a un viejo mundo literalmente enterrado y la apuesta por cierto intimismo.

Gravity: el espectáculo asido al lado humano

Cartel promocional de la película.
La última película de Alfonso Cuarón ha sido aplaudida y reconocida desde su presentación  en Venecia y el paso por San Sebastián antes de su estreno.  Gravity estaba siendo muy esperada y había generado mucha expectación a partir de los distintos teasers y trailers y del presupuesto de que la película se articularía con dos protagonistas aislados en el espacio en su lucha por ponerse a salvo. Otro elemento de interés:  el anunciado uso del  3D a un nivel técnico y artístico que dejaría atónito.

Pues bien, Gravity cumple con todo esto y aprueba con nota, resultando una película emocionante,  visualmente sorprendente. Una experiencia inmersiva que te engancha desde la primera set piece y que logra complementar los sobresalientes efectos visuales, la planificación y montaje, con el solvente guión (escrito a cuatro manos entre director e hijo, Jonás Cuarón) y el interesante y cuidado dibujo de los personajes. Cuarón consigue un equilibrio de funambulista entre un arrollador blockbuster realizado con la última tecnología (el proyecto tuvo que retrasarse hasta el desarrollo de avances que hicieran posible solventar algunas limitaciones) y un punto de vista intimista, serio y con profundidad, y lo hace además de manera inteligente y sincera con el espectador.
Indudablemente, esta es una película hecha y pensada por y para su exhibición en 3D, capaz de imbuir al espectador en una acción vertiginosa , transmitirle el vértigo y la adrenalina, hacerle contener la respiración cada vez que uno de los protagonistas está a punto de perder un asidero y extraviarse en el espacio, consiguiendo no dar tregua al espectador y utilizando para ello tomas subjetivas y planos secuencia sin precedentes.
Pero la misma efectividad tiene el uso psicológico del lenguaje cinematográfico, capaz de hacernos acompañar a la protagonista, la doctora Ryan Stone, dentro de su casco –en una aproximación que no es solo una cuestión moral- , de hacernos sentir la ansiedad, el miedo, el abandono, la impotencia o las ganas de vivir. Es esa guinda la que completa y a la vez sustenta la película; los personajes nos llegan a importar y hay profundidad en sus emociones.

Sandra Bullock, en el papel de la doctora Ryan Stone. Georges Clooney le da la réplica como el veterano astronauta Matt Kowalski.

La sensación de encontrarse perdido, sin referencias,  en un sentido vital,  queda representada  en el lugar alejado,  frío e inhóspito que es la órbita espacial, con una negrura inabarcable - e incomprensible-  al fondo y la desafectada vista del planeta al otro, como un orbe reluciente y bello, pero distante en su visión global, alejada  de los problemas o vivencias reales, del que llegado a un punto, el aislamiento es total –se pierde la conexión por radio con Houston- lo que potencia la lectura metafórica de la historia.

Creo que el candor que finalmente desprende la película nace de que en su fondo late la noción de que estamos solos para decidir y emprender la superación de todo aquello que nos impida avanzar en la vida, y aunque todo el relato esté adornado de espectacularidad, son los detalles sencillos y cercanos –ese último asidero de humanidad- los que salvan la cinta de ser un mero producto de entretenimiento para  Imax y consiguen conectarnos con el lado íntimo de una gran historia contada de forma excelente.

A destacar la banda sonora de Steven Price, todo un trabajo de ambientación y paisaje sonoro que matiza y potencia en casi todo momento la apuesta visual.


Escucha el tema Don´t Let Go de la banda sonora de Gravity aquí.