Las películas de Billy Wilder, cuanto menos, te dejan una sensación de trabajo impecable, bien hecho, y de un guión perfectamente llevado que funciona como un reloj. Se trata de apuestas seguras de entretenimiento y brillantes actuaciones.
En el apartamento, vemos a un Jack Lemmon esplendoroso, rodeado de secundarios geniales encarnando a personajes impagables (Dr. Dreyfuss y su señora, los directivos que acosan a Baxter) y a una tierna Shirley MacLaine que encandila al espectador con su interpretación de Fran Kubelik y que se come la pantalla en sus enfrentamientos dramáticos con Jeff D. Sheldrake (Fred MacMurray).
Guión perfecto del propio Wylder e I.A.L. Diamond y puesta en escena sobresaliente en la historia de C.C. Baxter, a quién los directivos de la empresa asedian una y otra vez para que les preste su piso y puedan consumar sus infidelidades.
Metiendo el dedo en la llaga sutilmente para retratar el pecado original de una sociedad norteamericana y por extensión la occidental, que maquilla con convencionalismos y apariencias sus propias contradicciones (¿?).
La película funciona de la mejor manera en base a una planificación portentosa y no faltan elementos de suspense: "Hitchock definió una vez que el suspense era algo que conocía el espectador y desconocía el personaje. Wilder lo aplica aquí en una tragicomedia, y lo hace de forma asombrosa, como sólo él sabía hacerlo" (Blogdecine).
Escenas memorables como la partida de cartas en la cama, la reanimación de Miss Kubelik, el descubrimiento del espejo roto y su contrapartida en el espejo del baño de Baxter.
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