Gravity: el espectáculo asido al lado humano

Cartel promocional de la película.
La última película de Alfonso Cuarón ha sido aplaudida y reconocida desde su presentación  en Venecia y el paso por San Sebastián antes de su estreno.  Gravity estaba siendo muy esperada y había generado mucha expectación a partir de los distintos teasers y trailers y del presupuesto de que la película se articularía con dos protagonistas aislados en el espacio en su lucha por ponerse a salvo. Otro elemento de interés:  el anunciado uso del  3D a un nivel técnico y artístico que dejaría atónito.

Pues bien, Gravity cumple con todo esto y aprueba con nota, resultando una película emocionante,  visualmente sorprendente. Una experiencia inmersiva que te engancha desde la primera set piece y que logra complementar los sobresalientes efectos visuales, la planificación y montaje, con el solvente guión (escrito a cuatro manos entre director e hijo, Jonás Cuarón) y el interesante y cuidado dibujo de los personajes. Cuarón consigue un equilibrio de funambulista entre un arrollador blockbuster realizado con la última tecnología (el proyecto tuvo que retrasarse hasta el desarrollo de avances que hicieran posible solventar algunas limitaciones) y un punto de vista intimista, serio y con profundidad, y lo hace además de manera inteligente y sincera con el espectador.
Indudablemente, esta es una película hecha y pensada por y para su exhibición en 3D, capaz de imbuir al espectador en una acción vertiginosa , transmitirle el vértigo y la adrenalina, hacerle contener la respiración cada vez que uno de los protagonistas está a punto de perder un asidero y extraviarse en el espacio, consiguiendo no dar tregua al espectador y utilizando para ello tomas subjetivas y planos secuencia sin precedentes.
Pero la misma efectividad tiene el uso psicológico del lenguaje cinematográfico, capaz de hacernos acompañar a la protagonista, la doctora Ryan Stone, dentro de su casco –en una aproximación que no es solo una cuestión moral- , de hacernos sentir la ansiedad, el miedo, el abandono, la impotencia o las ganas de vivir. Es esa guinda la que completa y a la vez sustenta la película; los personajes nos llegan a importar y hay profundidad en sus emociones.

Sandra Bullock, en el papel de la doctora Ryan Stone. Georges Clooney le da la réplica como el veterano astronauta Matt Kowalski.

La sensación de encontrarse perdido, sin referencias,  en un sentido vital,  queda representada  en el lugar alejado,  frío e inhóspito que es la órbita espacial, con una negrura inabarcable - e incomprensible-  al fondo y la desafectada vista del planeta al otro, como un orbe reluciente y bello, pero distante en su visión global, alejada  de los problemas o vivencias reales, del que llegado a un punto, el aislamiento es total –se pierde la conexión por radio con Houston- lo que potencia la lectura metafórica de la historia.

Creo que el candor que finalmente desprende la película nace de que en su fondo late la noción de que estamos solos para decidir y emprender la superación de todo aquello que nos impida avanzar en la vida, y aunque todo el relato esté adornado de espectacularidad, son los detalles sencillos y cercanos –ese último asidero de humanidad- los que salvan la cinta de ser un mero producto de entretenimiento para  Imax y consiguen conectarnos con el lado íntimo de una gran historia contada de forma excelente.

A destacar la banda sonora de Steven Price, todo un trabajo de ambientación y paisaje sonoro que matiza y potencia en casi todo momento la apuesta visual.


Escucha el tema Don´t Let Go de la banda sonora de Gravity aquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario