La Chinoise

Merendarte un film de Godard como La Chinoise, así, a bocajarro, un domingo por la tarde, de esos de sofá y manta, puede caerte bien o mal. Para mí Godard es ese director que siempre se me escapa; me fascina su estilo, el tratamiento y concepto del film a la vez que se me escapan como agua entre los dedos las referencias filosóficas o intelectuales y sin embargo, la mezcla con la cotidianidad, la espontaneidad y la poesía dan lugar a una realidad intensa y maravillosa, excitante, particular y cercana, con la que me gusta identificarme.


Las películas de Godard son siempre frescas. Todos los elementos del cine (y de la realidad) son puestos a prueba, reinventados, utilizados de forma libre y distinta. La literatura (tanto teórica como de ficción), la pintura, la fotografía y la música se interconectan. Los personajes (que se mueven constantemente entre la naturalidad y la representación) realizan acciones performáticas, que comunican en sí ideas o conceptos y viven peripecias vitales que los llevan a enfrentar constantemente ficción y realidad. La autorreferencia, el metalenguaje, son otras características de su cine.


En La Chinoise, un grupo de estudiantes que convive en un piso forman una especie de grupo comunista, cuestionándose la realidad del momento, compartiendo análisis y debates sobre el marxismo leninismo o el revisionismo y pensando maneras de pasar a la acción, en lo que parece ser una visión a la vez activista y paródica, del clima anterior a Mayo del 68. 

La cinta mezcla cortes de entrevistas, con los personajes hablando a cámara, con secuencias de discursos y conferencias, momentos de la convivencia y secuencias performáticas (trincheras construidas con el libro rojo, aviones de juguete colgados de un hilo amenazando a una de las chicas vestida de Vietcong). 

Junto a las distintas tesis y declamaciones en torno al comunismo, a la interpretación dramática, el teatro, las universidades y la acción directa, asistimos a los juegos y payasadas, enfrentamientos, conflictos y arrogancias de un grupo de jóvenes llenos de energía y ganas, de orígenes y motivaciones distintas e incluso conscientes de su pertenencia a una clase intelectual o burguesa más que a la obrera.

Aunque creo que Godard no construye una parodia ácida, si no que lo hace con naturalidad, en un tono sincero,  da la sensación de que los chicos son unos soñadores que viven de prestado (exceptuando la que dice prostituirse, que narra sus orígenes campesinos). Es significativa una secuencia en el tren en la que una de las chicas debate con un profesor sobre la acción política, el terrorismo, el respaldo ideológico, etc.
Godard construye un discurso y expone y define a la vez unas ideas políticas, vitales y una manera de hacer cine.

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