| Cartel promocional de la película. |
La última película de Alfonso Cuarón ha sido aplaudida y
reconocida desde su presentación en Venecia y el paso por San
Sebastián antes de su estreno. Gravity estaba siendo muy
esperada y había generado mucha expectación a partir de los
distintos teasers y trailers y del presupuesto de que la película se
articularía con dos protagonistas aislados en el espacio en su lucha
por ponerse a salvo. Otro elemento de interés: el anunciado
uso del 3D a un nivel técnico y artístico que dejaría
atónito.
Pues bien, Gravity cumple con todo esto y aprueba con nota,
resultando una película emocionante, visualmente sorprendente.
Una experiencia inmersiva que te engancha desde la primera set piece
y que logra complementar los sobresalientes efectos visuales, la
planificación y montaje, con el solvente guión (escrito a cuatro
manos entre director e hijo, Jonás Cuarón) y el interesante y
cuidado dibujo de los personajes. Cuarón consigue un equilibrio de funambulista entre un arrollador blockbuster realizado con la última tecnología (el proyecto tuvo que
retrasarse hasta el desarrollo de avances que hicieran posible
solventar algunas limitaciones) y un punto de vista intimista, serio
y con profundidad, y lo hace además de manera inteligente y sincera
con el espectador.
Indudablemente, esta es una película hecha y pensada por y para
su exhibición en 3D, capaz de imbuir al espectador en una acción
vertiginosa , transmitirle el vértigo y la adrenalina, hacerle
contener la respiración cada vez que uno de los protagonistas está
a punto de perder un asidero y extraviarse en el espacio, consiguiendo
no dar tregua al espectador y utilizando para ello tomas subjetivas y
planos secuencia sin precedentes.
Pero la misma efectividad tiene el uso psicológico del lenguaje
cinematográfico, capaz de hacernos acompañar a la protagonista, la
doctora Ryan Stone, dentro de su casco –en una aproximación que no
es solo una cuestión moral- , de hacernos sentir la ansiedad, el
miedo, el abandono, la impotencia o las ganas de vivir. Es esa guinda
la que completa y a la vez sustenta la película; los personajes nos
llegan a importar y hay profundidad en sus emociones.
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La sensación de encontrarse perdido, sin referencias, en un
sentido vital, queda representada en el lugar alejado,
frío e inhóspito que es la órbita espacial, con una negrura
inabarcable - e incomprensible- al fondo y la desafectada vista
del planeta al otro, como un orbe reluciente y bello, pero distante
en su visión global, alejada de los problemas o vivencias
reales, del que llegado a un punto, el aislamiento es total
–se pierde la conexión por radio con Houston- lo que potencia la
lectura metafórica de la historia.
Creo que el candor que finalmente desprende la película nace de
que en su fondo late la noción de que estamos solos para decidir y
emprender la superación de todo aquello que nos impida avanzar en la
vida, y aunque todo el relato esté adornado de espectacularidad, son los detalles sencillos y cercanos –ese último asidero de
humanidad- los que salvan la cinta de ser un mero producto de
entretenimiento para Imax y consiguen conectarnos con el lado
íntimo de una gran historia contada de forma excelente.
A destacar la banda sonora de Steven Price, todo un trabajo de
ambientación y paisaje sonoro que matiza y potencia en casi todo
momento la apuesta visual.
Escucha el tema Don´t Let Go de la banda sonora de Gravity aquí.

